Juan Bonilla
Leída en 1984, a los diecisiete años, la novela de Orwell era una obra maestra del horror y la angustia. Nos impresionaba mucho -en plena movida- el dibujo apocalíptico que en la novela se trazaba: la reclusión de los individuos en una uniforme masa productiva, células de una entidad poderosa a las que se les había extirpado la conciencia. Que se tratara del retrato más o menos fidedigno del estalinismo - osea de un pasado remoto- no dejaba de ser paradójico: Orwell había alzado una distopía mediante la estrategia de retratar una realidad sospechada que, con la floración de documentos y más documentos, quedó confirmada de la A a la Z.Así que Orwell planteaba para el futuro -terminó la novela en 1948, penúltimo año de su vida, pues murió en enero de 1950, y barajó las últimas cifras del año para darle título a la obra- una imagen del presente, utilizando además, de manera ya indiscutible, aunque sea tontería hablar de plagio, una novela anticipadora como Nosotros,de Zamyatin (que se tradujo al inglés en 1924), que Orwell reseñó en 1946.
Leída ahora, treinta años después, su vigencia, a pesar de la supuesta derrota de los totalitarismos, parece innegable toda vez que la novela interpela a un nuevo totalitarismo enmascarado, en el que las células de la entidad poderosa ya no necesitan siquiera que se les extirpe la conciencia, sino todo lo contrario: habiéndoles vendido la idea del yo, la de la libertad plena, la del derecho a la información, la de la oferta y la demanda, se las ha convertido en elementos muy parecidos a los que pueblan las páginas de la novela de Orwell, agigantando el paisaje de ésta, que ya no es sólo el de una precisa realidad totalitaria en la que el poder maneja mediante la política del “miedo total” a sus súbditos, sino que puede ser, perfectamente, el de las sociedades aparentemente libres en las que el Big Brother también lo controla todo, en la que cada vez se potencia más la policía del pensamiento, en la que con ardides, en principio plausibles como “lo políticamente
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jueves, 20 de febrero de 2014
jueves, 20 de junio de 2013
No hay monstruos, sólo predadores hablantes, burócratas del homicidio
Arendt, por Gabriel Albiac
No hay monstruos. Sólo hay hombres que matan, predadores hablantes, dice Freud. Burócratas eficientes del homicidio, anota Hannah Arendt
Von Trotta ha tomado como epicentro de su relato la primavera de 1961, durante la cual cubre Hannah Arendt para el New Yorker el juicio en Jerusalén de Adolf Eichmann. Con una lucidez desgarradora. Con un empecinamiento en la búsqueda de la verdad que la emparenta con aquel otro judío, desarraigado y distante, que apostó toda su vida a la tarea de «no reír, no lamentar, no burlarse ni detestar; entender sólo». Como Baruch de
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lunes, 17 de diciembre de 2012
Crítica y dolor
Por Ignacio Echevarría*
Lunes 17 Julio 2006
En el autosatisfecho relato que él mismo hace de su vida, Marcel Reich-Ranicki (Mi vida, Galaxia Gutenberg, 1991), el eminente crítico alemán acusa un ligero temblor. Tiene que ver con su atroz experiencia en el gueto de Varsovia y su colaboración entonces con la Gazeta Zydowska (La Gaceta Judía), el periódico que durante un tiempo las autoridades alemanas permitieron publicar dentro del gueto.
Aunque controlada por los alemanes y destinada en su mayor parte a reproducir los comunicados oficiales del frente y las disposiciones de las autoridades, la Gazeta incluía también reportajes e informaciones diversas sobre la vida en el gueto, o sobre cuestiones de orden práctico (recetas, consejos de salud), aparte de anuncios y secciones dedicadas al ocio y a la cultura. Entre éstas se contaban las reseñas de las actividades artísticas que, con increíble determinación, seguían realizándose en las cada vez más duras condiciones de la vida en el gueto.
Diversas circunstancias condujeron a que, en determinado momento, Reich-Ranicki se hiciera cargo de la crítica musical de la Gazeta. “Dudé, pues nunca en la vida había publicado una crítica. Tenía miedo, pero la
sábado, 3 de abril de 2010
Una España aberrante donde los pobres no pueden estudiar en castellano
No suelo reproducir en este blog textos completos ajenos, si no es por una causa razonada. Nunca mejor que en este momento, porque ya en 1972 tuve la primera polémica en público en Diario de Ibiza y algunas escaramuzas en el Diario de Mallorca, siempre defendiendo el derecho a estudiar en catalán.
Pero lo que han hecho ahora en Cataluña, Valencia y Baleares es imperdonable e intolerable.
Simplemente, que en España, los ciudadanos pobres -como fui y sigo siendo yo mismo- no puedan adquirir concimientos de y en castellano me parece una canallada. Los hijos de los ricos y políticos pudientes (los maragalles, montillas, corbachinos, etc.) estudian en colegios privados donde aprenden un español impecable.
Esto no puede seguir así. Tantas luchas y sinsabores para llegar a instituir una sociedad clasista, donde con los impuestos de todos, dejamos los privilegios a los ricos y a los políticos nefastos. Así se perpetúa la casta dominante.
Por ello reclamo, 41 años después, el derecho de todo español a estudiar en español en España. Y pido la ayuda de todos con nuestro voto. Partido que no deje esto claro (PSOE y PP sobre todo) en su programa electoral, que no reciba ningún voto de ningún español demócrata.
El artículo de Anson, un demócrata luchador al que Franco tuvo que echar del país y un excelente prosista, miembro de la Real Aacademia de la Lengua, lo dice de una manera muy explícita.
El bilingüismo pisoteado, por L. M. Anson
Se impide a los padres, como cuestión de hecho, que elijan el idioma castellano en el que quieren educar a sus hijos. Se castiga a los niños que en el recreo se expresan en la lengua de Borges y Marsé. Se multa a los comerciantes que no rotulan sus tiendas en catalán. Se extirpa el castellano de folletos, programas, invitaciones, comunicados oficiales en la mayoría de los museos, instituciones públicas y organismos representativos de toda Cataluña.
Montilla y su Gobierno están haciendo lo mismo que hacía Franco pero al revés. El dictador se ensañó con la bella lengua catalana. La Generalidad persigue hoy con inusitada furia todo lo que se relaciona con el castellano. El bilingüismo es una realidad entre el pueblo pero una entelequia para el tripartito que gobierna en Cataluña.
Islamistas, judíos o evangélicos pueden escoger con toda facilidad la educación en su religión mientras se ha proscrito la tercera hora del castellano. Sañuda obsesión. Los padres tienen la posibilidad de elegir una u otra religión pero no el idioma de Cervantes. La multiculturalidad es un hecho; el bilingüismo, no. Y eso que todas las personas que habitan en Cataluña entienden castellano y sólo la mitad, catalán. La reciente huelga de las salas de cine a las que se quiere imponer el catalán ha sido reveladora. El palo ha crujido las costillas de Carod Rovira y Montilla. Pero es igual. Ni un ademán de rectificación. El totalitarismo franquista que padeció Cataluña se reproduce ahora, en cuanto al idioma, en medio del silencio de muchos que callan para no ser perseguidos.
La opción de ser escolarizados en castellano no existe de hecho. El abuso se impone porque el Gobierno Zapatero precisa de los escaños nacionalistas en el Congreso de los Diputados. Y se sacrifican los principios y el derecho a la aritmética electoral. El ministro Gabilondo, que es hombre sensato y razonador, vuelve la vista hacia otro lado y esconde la cabeza como el avestruz. Los que defendimos el idioma catalán contra Franco, no vamos a cejar, contra Montilla, en la defensa del castellano. El líder socialista de Cataluña puede instalarse en la tropelía excluyente. Pero no impunemente. El diario EL MUNDO está haciendo una magnífica campaña denunciando los abusos contra la lengua castellana. En varias ocasiones he dedicado yo esta página a exponer la triste realidad. El electoralismo de Zapatero por un lado y la pusilanimidad de Rajoy por otro no pueden arrojar la lengua castellana al zaquizamí de la Historia. Son numerosos los intelectuales catalanes que están en pie contra la tropelía. Habrá que ayudarles para que, desde dentro, se imponga la cordura y el sentido común y que el estudio de catalán y castellano se produzca en vasos comunicantes con estudio y sin ira como ocurre hoy cuando se expresa el pueblo llano en la vida cotidiana. Cuando uno se mueve por Barcelona y otras ciudades catalanas puede percibir el divorcio entre las obsesiones de la Generalidad y la normalidad ciudadana. Hay un rechazo a exclusiones e imposiciones. El catalán medio convive sin problema con ambos idiomas y asiste estupefacto a la persecución que un grupo de políticos ha desencadenado contra el idioma de Pablo Neruda y Pere Gimferrer.
El Cultural, 12-2-2010
Mucho más sobre el mismo tema en Ibiza Digital y en Mariano Digital
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